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Resumen viaje-taller fotográfico a Groenlandia

Resumen viaje-taller fotográfico a Groenlandia

Finalizó el paréntesis Ártico. Objetivo Valencia ya está de vuelta, aún con la retina impregnada del verde de Groenlandia, ese que empiezas a percibir desde el avión, el mismo que cubre toda la tundra e ilumina las noches con las auroras boreales.

Han sido quince días realmente intensos: tres grupos, caminatas, glaciares, amigos, icebergs, focas, pigargos, tundra, lagos, ríos, fiordos, estrellas, hielo y, sobre todo, silencio y auroras boreales.

Comenzamos el 15 de agosto con escala previa en Copenhague, donde conocimos a los integrantes de los grupos. Allí compartimos una tarde-noche por las calles de esa hermosa ciudad y durante la cena fuimos contando con detalles el fantástico viaje que iban a disfrutar.

Cuando nos aproximábamos en avión a la gran isla nos sorprendimos con las impresionantes vistas de los fiordos, salpicados de icebergs provenientes de enormes e innumerables lenguas glaciares.

El blanco se perdía hacia el norte en el majestuoso Inlandis, un grandioso casquete polar de varios miles de kilómetros de longitud, segundo del mundo tras la Antártida.

Nada más aterrizar en Narsarssuaq supimos que no era un viaje convencional, que no se trataba de turismo de folleto. Estás en un lugar donde el reloj empieza a no ser importante, y la “incomunicación” se convierte en tu compañera.El grupo cobra relevancia, y Luis y Nacho toman un rumbo diferente.

Ya desde el primer momento nos hacemos a la idea de que en estas tierras las magnitudes son superlativas; los espacios, grandiosos; y la huella del hombre, casi inexistente. Por ejemplo, allí llaman “ciudad” a un grupo de casas que en alguna ocasión, durante el verano, llega a los cien habitantes y sólo tiene una tramo asfaltado (o a veces ni eso). Es raro encontrarte con personas, y no digamos vehículos. Es cuando empiezas a percibir la tranquilidad que más tarde se tornará en silencio.

A partir de este día los lugares que se muestran ante nosotros son verdaderos regalos, como la caminata del Valle de las Mil Flores, donde acampamos a la orilla de un río con icebergs varados muy próximos a un glaciar. Estos entornos hacen que las frías noches de campamento sean especiales, máxime cuando al día siguiente te espera una excursión que desembocará junto al glaciar de Kiagtut, con sus hielos milenarios pintados de un azul intenso. Sin duda, estar al borde de un mirador natural y escuchar el estruendoso silencio, tan sólo roto por el crujir del hielo, es algo imposible de olvidar.

Un vuelo en helicóptero nos ofreció un espectáculo imposible de olvidar, cuando sobrevolamos el glaciar Eqalorutsit a lo largo de todo su frente, viendo cómo se desprendían los icebergs. El grupo se deleitaba con aquella visión desde un mirador.

Pero si las mañanas eran increíbles, las noches nos deparaban el mejor espectáculo luminoso que posiblemente la naturaleza pueda brindar: estar bajo celestes luces verdes, moradas y violetas danzantes es quizá la mejor terapia anti-estrés que pueda recibir un ser humano. Hay que reconocer que estar en Groenlandia y notar que empieza a anochecer, te sume en una intranquilidad que se torna agitación con sólo pensar que esa noche puedan aparecer colores en el cielo. Siempre hay alguno de nosotros observando hacia arriba, dando casi continuamente el parte hasta que llega el ansiado momento.

Entonces aparece la magia: una línea verde a modo de tubo cruza el firmamento y por momentos se intensifica en color y luminosidad. Y ahí es cuando las carreras se suceden con el trípode, la cámara y el disparador en mano. No cesan las exclamaciones, las risas, las expresiones, los ”¡ooooooooh!”. Y es que la aurora boreal ha empezado a bailar ante nosotros: se desdibuja, aparecen ondas, desaparecen, cambian los colores… Espectáculo natural en estado puro.

Algunos momentos sus cámaras no cesaban de disparar, ante las auroras o en el paseo en el memorable Putut, un viejo y pequeño ballenero reconvertido en barco de transporte que realizaba rutas entre los icebergs. Emocionados, todos disfrutábamos de las imágenes que inmortalizábamos, pues sabíamos que darían constancia de eso tan especial y único que estábamos viviendo, parajes como Igaliko, con su fiordo iluminado por las auroras y un mirador hacia el glaciar Qoroq, que nos quiso obsequiar con unas brumas entre las que, de manera fantasmagórica, iban apareciendo los témpanos, dando la impresión de ser nubes entre nubes.

La fauna se nos mostró muy confiada, como sucede en lugares de escasa presión humana. Así pudimos observar liebres árticas, una pareja de pigargos batiéndose en vuelo y, cómo no, las omnipresentes ovejas repartidas por sus pastos.

Y, como todo, el viaje finalizó. Sin embargo, gracias a la fotografía seguiremos compartiendo las innumerables vivencias de este singular territorio que esperamos disfrutar de nuevo el año próximo en otras aventuras.

Os recomendamos que comprobéis por vosotros mismos y veáis la siguiente galería de fotos.

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